Leer gratis 50 páginas



La caminata hacia la cumbre acaba de empezar, la senda que hemos escogido, la que nos han señalado como única los habitantes del lugar, parece claramente delimitada, más o menos rampante pero practicable y segura, sin necesidad de guía, hasta el claro, prome-tedor y lejano horizonte.
No obstante, cuando el cenit no está lejano, la angustia en nuestras venas tañe sus primeros acordes. Matorrales, brañas, flores, pájaros y tejos, y grandes ár-boles, cerrando el norte a nuestro cerebro, nos obligan a sentarnos sudorosos y con miedo.
Caminamos rápidamente hacia la casa en som-bras por la que se pone el sol en primavera, tenemos el absoluto convencimiento de que el camino se estrecha-rá al llegar a lo alto del promontorio. Se verá entonces una amplia vega por la que se podrán deslizar nuestros pasos a toda velocidad, sin peligro de caer por las torrenteras que han acompañado nuestro deambular. De repente el sol desaparece cubierto por espesas nubes y las sombras en los pinos reflejan paisajes de otros lugares: extraños, sombríos, lúgubres y solitarios. Atractivos y amenazadores los bosques se extienden infinitos, insondable muralla. La situación se hace in-sostenible en el momento en que divisamos la Iglesia. Parece imposible, pero allí está y aquello es el fin de nuestro confiado recorrido. Todo vuelve a sus orígenes.

        

Silenciosos, hermosos bajo la niebla o la llovizna primaveral,
Duros, polvorientos bajo el terrible sol del verano al mediodía.
Sencillos
Señales orientadoras para su caminan-te habitual.
Engañosos
Frustrantes, para el imprudente que ve en ellos segura vía.
Senderos
Caminos angostos que llaman en el de-sorden del pedregal.
De pronto anchos, llanos, extraños, pro-meten el fin de la porfía.
Calveros
Mas luego un pequeño secarral, una larga y profunda quebraja,
Un espeso manto de aliagas, espinos y silvestres rosales
Acaban con nuestra alegría, nuestro candor, nuestra esperanza.
Senderos
Que brotan fascinantes en parte alguna y mueren.
Desaparecen como fantasmas en nin-gún lugar.
Olvidos. 



CAPÍTULO PRIMERO
TURBIAS LUCES DE JUVENTUD
POLKA 

I
                                                          
 Calor, humedad; como casi todos los años, el ve-rano se prolongaba poderoso en aquellos primeros días de Octubre. Las noches, aunque habían refrescado al-go, seguían siendo pegajosas y cálidas en el interior de las casas; por las ventanas abiertas entraba más ruido que fresco haciendo difícil conciliar el sueño.
“No me gusta el calor, no sé por qué siempre lo he odiado, no es solo el sudor y la dificultad para con-ciliar el sueño, es algo más profundo que, metido en mis huesos, determina mi estado de ánimo. Bueno, dejémonos de tonterías, no son más que interioriza-ciones de mis fantasías infantiles. He terminado por creerme que he sido yo y no mis héroes de ficción quien ha vivido en las soledades de los inmensos bos-ques helados, el que, cuando todo parecía perdido ha encontrado un refugio entre los matorrales que cubrían una pequeña oquedad, en el que dormito escuchando los aullidos de los lobos y los chasquidos de las ramas que se rompen bajo el peso de la nieve, el que recorre y domina las montañas del Klondike y del Yukon de London y Curwood. Tampoco olvido el placer tranquilo de sumergirme en el agua fría de la posada, después de sacudirme el polvo de los zahones y beberme media bo-tella de alcohol para calmar la sequera padecida al cru-zar el Llano Estacado de la mano de M. L. Estefanía (Don Marcial Lafuente, por supuesto). ¡Cualquiera sa-be de dónde proceden nuestras manías! Pero sin duda, ahora eso ya es tan mío como saber que la m con la a dice ma”.
“No soporto sentir la piel pegajosa adherida a la camisa y aunque el fregadero esté libre y pueda re-frescarme y arrastrar parte del sudor con el chorro del agua, tendré que volver a ponerme la misma húmeda camisa y la sensación de displacer seguirá abrazándo-me. Además, con el calor viene una sustancia incontro-lable e intensa, que atenaza todo mi cuerpo, lo relaja y lo trasforma en algo ajeno, pétreo y extraño, a lo que ni aun a golpes se consigue despertar”.
Empleaba toda su fuerza de voluntad -y sentía una desagradable sensación de pérdida de tiempo al hacerlo- para conseguir que vibrara con la intensidad espontánea y agresiva con que lo hacía bajo una fuerte lluvia de finales de otoño o en medio de un poderoso viento en el más intenso invierno. Se sentía sano e in-mortal estirando sus miembros, desnudo, al levantarse en la habitación fría de los meses de enero.
Adoraba el frío y los cielos plomizos, tanto como detestaba el calor.
Sólo las voces que entraban de la calle le recon-ciliaban con el verano, largo, eterno, cómplice de con-tactos espontáneos y lejanos. Hombres y mujeres esta-ban allí fuera y le gustaba oírlos, era la única ventaja del verano: todos estaban más cerca. Tranquilos y dóci-les reían y lloraban, trabajaban y descansaban al alcan-ce de cualquiera que estuviera dispuesto a cogerlos, se revolverían inquietos sólo unos momentos al ver ma-niobrar al lobo junto a ellos pero serian incapaces de reaccionar; de inmediato volverían a arremolinarse y a seguir tranquilos su vivir reposado e inconsciente.
La risa, provocadora y segura, prometedora e in-alcanzable, de una mujer joven entró por la ventana co-mo una sábana rosada de dulzura olvidada en los jue-gos de la infancia y se enroscó en su cuerpo desnudo. Poco a poco, arropado en la lejana explosión de vida que esas desconocidas risas habían dejado en su cama, se fue calmando y el sopor del sueño pudo con el incó-modo calor y el ligero nerviosismo que lo mantenía desvelado. Habitualmente se quedaba dormido en cuanto se acostaba, fuera la hora en que habitualmente lo hacía u otra cualquiera, pero aquella primera noche en la capital, en vísperas de lo que, aunque se negara a reconocerlo, iba a suponer un importante giro en su vida, lo había alterado más de lo que estaba dispuesto a asumir.
Se despertó bruscamente sabiendo que era tarde.
Sonrió con la benevolencia y consideración que reservaba para todo lo viejo y todo lo inútil, al enorme y ruidoso reloj despertador de latón deslucido que, con sus dos grandes campanas incapaces de vibrar desde hacía años, seguía situado en lo más alto de una anti-gua cómoda oscura. Panzudo como un as de oros, apa-rentaba creerse el ser más importante de la casa, el centro del círculo mágico en el que aquellos extraños monigotes -que siempre acababan haciéndole cosqui-llas con la amplia palomilla que adornaba su espalda- se agitaban a diario. Luego, con sumo cuidado, lo de-jaban en el lugar de honor que le correspondía y desde el que presidía tranquilo los afanes y desvelos de sus súbditos. Había olvidado por completo cual fue la misión para la que fue creado. Y así, creía seguir siendo el que un tiempo fue: Sólido, importante y fiel cum-plidor de su tarea. Sin embargo hacía mucho tiempo que se limitaba a marcar, más o menos, la misma hora que los demás relojes; eso era todo, y gracias. De despertador sólo le quedaba ya el orgullo y el nombre.
De un salto abandonó la cama; con los pies descalzos sobre las frías baldosas estiró y encogió repe-tida, enérgica y rápidamente todos sus músculos, go-zando profundamente con el íntimo y casi absoluto placer que solo la salud y el vigor de un cuerpo pri-vilegiado, sano y excepcionalmente sensible al placer físico puede proporcionar. Tiró al suelo los calzoncillos y la camiseta con los que había dormido y, desnudo, corrió al fregadero de la cocina. Se arrojó cuanta agua podía recoger con las manos, por la cara, el pecho y los sobacos. El agua que despreocupada y alegremente se echaba por encima, salpicaba las paredes, se escurría por sus muslos y formaba pequeños y tornasolados charquitos en el desigual suelo, desde los que filtraría lentamente al piso de abajo si alguien no se apresuraba a recogerla; lo haría su tía sin duda. Se secó con la aja-da toalla que colgaba de una herrumbrosa alcayata jun-to a unos no menos viejos trapos de cocina.
La áspera camisa de percal rascó la fina piel de su espalda y se acopló a su torso desnudo; ajustó la costura de la entrepierna de los desgastados pantalo-nes de modo que no le aplastara el testículo izquierdo; ahorraba en ropa interior y además le gustaba sentir sueltos sus genitales.
Levantó hacia el cielo, como se hace con los be-bés, a su sonriente abuela y la besó en ambas mejillas. Se bebió el tazón de malta caliente que estaba en la me-sa, no sabía para quien ni le importaba.
“Me es indiferente cualquier Facultad, y si la de Derecho es la que colma las ilusiones del pobre hombre y la única que puede pagarme: pues iré a la Facultad de Derecho”.
“Es evidente que no puedo forzar más la situa-ción, el coste y el daño que para la subsistencia de mi familia supone el que siga durante varios años más sin aportar una peseta a la casa está ya a punto de causar la sublevación de madre y mis hermanos. Sólo la ilu-sión y tozudez de padre me va a permitir alcanzar esa base primera, y no conviene colocarlo en una situación imposible”.
Corría escaleras abajo cuando habían pasado menos de cinco minutos desde que saltó de la cama.
  
II

“Cumplí diecisiete años hace menos de un mes. Guillermo Vaz Rubio: gritaba el retorcido Don Paco en la escuela. Dicen que es mi nombre; eso ponen los pa-peles del resguardo que llevo en el bolsillo. Me he ma-triculado en la Facultad de Derecho y hoy estaré en mi primera clase. Veremos cuanto aguanto”.
Con paso largo y enérgico caminaba por la orilla del río. El ligero nerviosismo de la noche pasada había desaparecido por completo, la excitación por los nue-vos retos a los que iba a enfrentarse le hacían olvidar el desinterés con que había acogido siempre el deseo de su padre de que estudiara leyes, que consiguiera ser juez. El hombre estaba dispuesto a cualquier sacrificio con tal de que su hijo llegara a ser aquella cosa mítica y todopoderosa que, ante sus ojos de ordenanza sumiso y complaciente, entraba por las puertas del enorme y só-lido caserón en el que estaba instalado el juzgado como una niebla que todo lo llenaba y a la que nadie podía abarcar, más que una persona era una lejana e incom-prensible capacidad que todo lo sabía y todo lo invadía y hacia la que no se atrevía a mirar sino para poder cumplir con sus más mínimos deseos, sus esbozadas indicaciones, su trabajo. Si algún escribiente resabiado osaba rezongar por lo bajo el más mínimo reproche o muestra de distanciamiento, recibía una mirada asom-brada, llena de desprecio e incomprensión por parte del entregado ujier.
Tampoco había opuesto ninguna resistencia a ese deseo de su padre; no quería causarle ningún daño innecesario, ni a él ni a nadie, ya sería suficiente con los daños insoslayables que, antes o después, tendría que ocasionarle.
Todos los componentes de su pandilla hacía ya años que trabajaban como aprendices o como pinches. Si la ilusa obsesión de su padre le permitía librarse de esa repugnante situación había que aprovecharla: estu-diaría leyes; cualquier título universitario vendría bien a su proyecto de abrirse camino en aquella dehesa de ovejas y lobos en la que los papeles estaban repartidos desde tiempo inmemorial.
Recordaba aquella primera vez en que acom-pañó a su abuela a la casuca de la aldea: desde su ven-tana veía los inmensos chopos del río, tan altos que, cuando el cielo estaba ligeramente bajo, como aquella añorada mañana de noviembre, sus copas desapare-cían en él y escapaban interminables. Subiría por esos chopos hasta la zona oscura que cubre la tierra entera, y donde fuerzas desconocidas deciden sobre el bien y el mal, y participaría, si no de sus decisiones, sí del pro-vecho de las mismas. Allí se decide quien tiene y quien no, quien dispone su propio destino y quien ha de aceptar, sumisamente o con ira estéril, el que le es asignado.
En cuanto a lo de ser juez, quedaba aún lejano y no había necesidad de entristecer a su padre diciéndole que, si a alguien despreciaba desde lo más profundo de sus sentimientos, era al que se atrevía a decidir sobre la bondad o la maldad de nadie.
“Jueces y curas son igualmente detestables. No puedo entender que nadie se preste a darle a la socie-dad un servicio tan completo por tan poco: les ponen una orla de dignidad sobre su sombra, un reconoci-miento social, un sueldecito de por vida y les piden, les exigen, que interpreten en la forma establecida las normas que, a lo largo de los años, con avances y retro-cesos pero de manera inexorable, se han ido decan-tando para cercar el corral donde todos pastamos. Les pasan la mano por la cabecita, les dicen lo importantes que son y no se necesita más para convertirlos en los principales guardianes de los intereses generales: de los Generales en Jefe. Comprendo antes al verdugo que al juez. Verdugos, basureros, guardias de la porra, han llegado a eso huyendo del hambre y de la miseria y no se hacen ilusión alguna respecto a su condición”.
 “En cualquier caso no es el título un arma fun-damental de entre las que pienso utilizar para llevar adelante mi vida, aunque, sin duda, será un comple-mento nada desdeñable”.
“Las cosas son como son y a ellas hay que aco-plarse para conseguir lo que, desde que recibí aquella lejana bofetada que jamás olvidaré, me he propuesto: no depender de nadie, tener poder, el poder de hacer lo que quiera en todos y cada uno de los días que me que-den de vida”.
15
Para eso se revelaba indispensable el conseguir cantidades enormes de dinero, todo el que fuera nece-sario, absolutamente todo, y por ello matar cuando fue-ra inevitable. También sabía que no había más remedio que apartarse de los verdaderamente poderosos, los pocos que en zonas inalcanzables decidían sobre los imbéciles que estaban dispuestos a formar parte de esa sociedad tan antigua y tan inmodificable, algunos cre-yendo que podían cambiarla, hacerla habitable para todos, otros, los más, paciendo sumisos el escaso pasto dispuesto para ellos. Todos ignorando que aquel entra-mado era como una selva impenetrable llena de ca-minos que no conducían a ninguna parte; sonaban ecos y rugidos de imposible comprensión pero que avi-saban, a quien tenía reflejos y fuerza suficiente y el propósito firme de utilizarla, de lo que se podía hacer para no acabar convertido en basura digerible y, antes o después, digerida. Había que estar presto para apo-derarse de lo que se deseara, tomarlo y retenerlo. Si ello no era posible, si cazadores más poderosos rondaban la presa y dominaban el territorio, habría que esperar.                                                                  

III

Pasó chirriando el tranvía, bamboleó en la curva y se alejó cruzando el puente de piedra hacia el centro de la ciudad.
“No lo cojo. No tengo ganas de pelearme con el cobrador y menos aún de pagar el billete”.
Siguió caminando por las grandes losas de pie-dra que se extendían fuertes y hermosas por todo el margen del cauce del río, rematadas junto a este por un poderoso muro que, más que encajonarlo para prote-ger a la ciudad, parecía adornarlo y adorarlo, vestigios enormes de unos tiempos en los que el río lo era todo. Ahora en su cauce seco las chabolas de los gitanos se extendían entre los dos puentes más cercanos al centro de metrópoli.
A unos veinte metros delante de él, saltando la cuneta que separaba la acera enlosada de la calzada, un gitano viejo, con un grueso bastón de empuñadura ta-llada, acabó con la pelea de dos jóvenes gitanos rom-piéndole la muñeca al que atacaba con una navaja. Ni lo miraron, todavía airados pero todos juntos, bajaron al cauce seco, a sus hogares, donde nadie ajeno inter-fiere su vida y su orden.
El agua volverá a pasar y se llevará sus casas; algunos se irán, luego todo será igual, cauce seco, cha-bolas, miseria, anciano, peleas, juntos, agua. Como los niños rebeldes que sortean a los adultos, a quienes no quieren reconocer autoridad alguna, pero a los que sa-ben que no pueden ganar.
Sintió un halo de calor que lo atraía hacia aque-llas gentes, por otro lado tan distintas e impenetrables. Su vivir al margen, fluyendo por un río del que lo des-conocía todo, tenía la magia de lo que, siendo inmedia-to, está fuera de nuestro alcance. Siempre estarían ahí en el campo de nuestra vista e incluso de nuestro tacto, podría incluso hablarles, gritarles, pero nunca podría navegar en la corriente en la que ellos acompañaban la nuestra.
De cualquier modo, el sentido de jerarquía y so-metimiento a unos hábitos antiguos y férreos que se po-día claramente apreciar en la facilidad con que los más jóvenes y fuertes habían tolerado la actuación inflexible del anciano le resultaba repelente. Admiraba al viejo, le parecía maravilloso visto desde su orilla, ajeno por com-pleto a su poder, pero no comprendía la falta, al menos, de una mirada de ira y rencor hacia él en aquellos jóve-nes. Él se habría revuelto; con gusto lo habría matado. No por odio, no por desprecio, sino por algo mucho más básico y esencial: imponía su voluntad, impedía que, si uno lo consideraba conveniente, pegase o matase, pre-tendía distorsionar su libertad de escoger y, en defi-nitiva, su libertad de ser. Nunca había estado tan cerca del prepotente ejercicio de la autoridad, y aunque no se volcaba sobre él, le produjo una angustia física que vio-lentamente inundó de sudor todo su cuerpo.
El tranvía, sobre el eterno y poderoso puente, se iba. Inmenso puente, pulidas y brillantes losas de pie-dra; al fondo, coronando una amplia y descendente explanada, las torres de una antigua entrada de la ciu-dad; firmes, tranquilas, allí estaban, allí habían estado y allí permanecerían inamovibles, al servicio de sus se-ñores, sometiéndonos y enamorándonos a todos. Junto a ella, en hileras y filas inacabables y también eternas, las casuchas, más o menos veces repintadas, mejor o peor mantenidas, acomodadas en su huequecillo, rom-pían cualquier empatía moral.
“Más barato andando, y el dinero, por poco que sea, importa. No siempre puedo bajarme antes de que el cobrador, gritando y repartiendo empujones y bille-tes y recibiendo los cuarenta céntimos y los insultos de los viajeros, llegue hasta mí; y, además, veré a las mu-jeres, las dejaré adelantarme para contemplar sus cu-los, sus muslos, marcándose debajo de las faldas toda-vía finas en el cálido otoño mediterráneo”.
Le provocaron la primera suave erección del día. Se sentía feliz, vivo, enérgico, con la leve opresión de sus hinchados genitales saltando entre sus piernas. Siempre era igual, sólo se sentía vivo cuando estaba ligeramente excitado sexualmente. Se abrazaría a cual-quiera de ellas, se apretaría contra sus hermosas nal-gas, todas hermosas: gruesas, delgadas, caídas, respin-gonas, nalgas de mujer. Las miradas que intercam-biaba con cuantos se cruzaban en su camino, hombres o mujeres, eran afectuosas, formaban una sutil tela de araña que le hacía sentirse parte de todos ellos, notaba que todos lo querían, lo admiraban y lo deseaban cerca de ellos. No sabía por qué pero eso sólo pasaba cuando su verga estaba algo hinchada, bien por una excitación no satisfecha bien porque hacía pocos minutos que ha-bía estado gozando con una hembra. Pero eran eso, só-lo miradas, comprendía que su deseo de coger y tum-bar a cualquiera de aquellas hermosas mujeres era im-posible. Bueno, ya que no lo podía hacer.... correría. Corrió, corrió, cruzó el puente corriendo, corrió por la calle que lo prolongaba hacia el centro, por donde le habían explicado que tenía que ir. Las amplias casonas y los palacios imponentes constituían un marco real-mente contradictorio con las miserables gentes que, cansina y resignadamente deambulaban por sus aceras y las que sorteaba con decisión y facilidad. Llegó a una plaza amplia, un rótulo en azulejos decía que se llama-ba de la Virgen; las vírgenes de la mierda, mierda a las vírgenes. Correr, correr procurando no atropellar a las ovejitas. Preguntó un par de veces donde estaba la Uni-versidad y en menos de diez minutos había llegado, su-dado, relajado. No se podía joder pero correr sí, se po-día correr y era casi lo mismo.
Los recuerdos de su adolescencia estaban li-gados en gran parte a aquellas calles que envolvían misteriosas el barrio donde, siempre que podía, pasaba temporadas en la casa de sus abuelos. Tanto aquel ba-rrio como el pueblo donde nació y en el que vivía lo habían conformado  y  serían para siembre la base de la que obtendría amigos y apoyos. Todos lo querían y admiraban y él utilizaría ese capital como los ricos usan sus fortunas. 
                                       


CAPÍTULO SEGUNDO
EL BARRIO DE LA CAPITAL

I
           
De pequeño, vivió cortas temporadas en la Ca-pital, en casa de sus abuelos; eran unos pocos días que se repetían casi todos los años, y aunque la casa no era mejor que la de sus padres, incluso más oscura y hú-meda, se sentía bien en ella, no sólo por el afecto cálido e incondicional de los ancianos, sino, fundamental-mente, por estar en la Ciudad. Le atraía la Capital, sen-tía que en ella cualquier suceso aparentemente anodi-no desembocaría en una aventura imprevisible. Cada vez que llegaba se repetía el fenómeno, desde la prime-ra vez que lo recordaba, cuando no tendría más de ocho años, la sensación de fascinación, de estar envuel-to por la capa del mago Merlín se apoderaba de todo su ser, notaba que escondidas en las miradas de los hom-bres y mujeres que se alejaban apresurados por las in-numerables calles, que se perdían en una lejanía sin fin, había cosas que nunca había conocido, y eran cosas necesariamente maravillosas. Era Merlín el grande, no el estúpido Merlín de la saga Arturiana, sino el mejor héroe del tebeo El Aventurero, que podía leer con de-leite gracias al hijo del médico del pueblo, que lo cogía de la biblioteca de su padre en cuanto este se descui-daba y se lo prestaba por uno o dos días.
El que fuera una casa de pisos le permitía bajar y subir la escalera salvando de un solo salto cada uno de los tramos y eso le proporcionaba una sensación de poder y dominio enormemente placentera. De vez en cuando los chasquidos violentos que producían sus sal-tos provocaban que alguna vecina se asomara a la puerta gruñendo encolerizada. No hacía caso, la miraba sonriente a los ojos y gozaba viendo como la ira y la desesperación desfiguraba todavía más las caras de aquellas mujeres prematuramente envejecidas por los soles y vientos de unos campos y unos rastrojos que se adivinaban cercanos en el recorrido de sus vidas.
Más tarde, ya adolescente, aprendió a apreciar las carnes de hembra que había debajo de sus burdas ropas y el agradable calor que se podía recoger de la proximidad de esas mujeres tan alejadas de la aparien-cia de las heroínas de los tebeos y de las revistas. ¿Có-mo era posible que debajo de los ordinarios vestidos de aquellas madres, que hasta entonces siempre le habían olido a cebolla y ajo, hubiera unos muslos tan bellos y mucho más excitantes que los de Dale Arden? La ve-cina del sexto era especialmente atractiva. Había casa-do con un oficial ebanista, sonriente siempre, redondo y paticorto, del que tenía dos hijos. La hembra, cons-ciente de su poderío sexual, sin poder evitarlo usaba y abusaba del pobre carpintero con una cierta desgana. Lo trataba como una patrona condescendiente y tierna y él se sentía bien así, al abrigo de aquella mujer que lo sobrepasaba, lo amamantaba y le dejaba acurrucarse en su cama. Como a tantos otros en aquellos tiempos, no le había sido posible, al casarse, tener su propia casa, pero al ser el gordito hijo único se habían quedado a vivir con sus suegros, evitando la todavía peor situación de realquilados, tan común en los barrios obreros. La suegra, una mujer con toda la du-reza que les faltaba tanto a su hijo como a su marido, era heredera de una inmemorial ascendencia capitali-na, y ello contribuía a reforzar el fuerte sentimiento de su derecho a mandar como siempre lo había hecho. Al fin y al cabo su nuera no era más que una campesina enquistada en su propia morada, una paleta fuerte y tranquila que había venido a matar el hambre a su capital y había sabido colarse en su casa. La hembra, con el instinto de su vitalidad, reforzado por la larga tradición mamada en su pueblo de reverencia a los padres y mayores en general, nunca se enfrentaba a su suegra, pero poco a poco, a base sobre todo de su ju-ventud, su fuerza para el trabajo y el dominio total que tenía sobre su marido, iba arrinconando a la vieja, y aunque ella gruñía y se rebelaba con el más tonto pre-texto, el hogar iba siendo el de la mujer del ebanista, la mujer de pueblo, que tranquilamente, como habría hecho en la aldea, en la casa de su madre, como hacían todas sus amigas que se habían quedado en el pueblo, pacientemente y con absoluta sencillez, iban sustitu-yendo, apartando, pero también cuidando y respetando a sus padres que, en general, sabían replegarse con dignidad a las tareas a las que los relegaba la pérdida de fuerza que implicaba la edad.
En cuanto tenía ocasión trepaba por los cana-lones de desagüe del patio de luces y, a través de la ven-tana de la galería, la veía deambular por la casa con una ligera bata que remarcaba sus rotundas y bambo-leantes caderas y pechos. De vez en cuando tenía suer-te: la falda se entreabría y podía contemplar sus pode-rosos muslos hasta la punta de unas bragas blancas, que escondían un tesoro que le encantaría compartir con el amable mueblista.
Cuando se cruzaban en la escalera procuraba ro-zarla, e inclinaba su cara hacia la de ella haciendo gesto de besarla. “Aparta imbécil -le decía ofendida- será idiota el crío”, pero sus ojos agradecían e invitaban.
Un día de difuntos vio salir a los viejos y al ma-rido con los niños, probablemente hacia el cementerio, lejano y con unos tranvías atestados que obligaban a esperar más de una hora en la cola para poder acceder a ellos. Tardarían más de cinco horas en volver y ella estaba sola en casa; No lo pensó más: gritó como de costumbre: “me voy abuela”. Dio como siempre un fuerte portazo al salir y en vez de bajar subió las esca-leras. Llamó en la puerta ocho. Tardaron en abrir. Allí estaba ella con los ojos enfebrecidos por el catarro que le había impedido ir con su familia al cementerio, cu-bierta con dos jerséis viejos y una deforme y ajada bata. Sus enormes y redondos pechos, se desparramaban tentadores y raros sin el contorno que habitualmente les prestaba el sostén. Los ojos llorosos, las mejillas en-rojecidas por la fiebre, el cuerpo casi inexistente, desa-parecido debajo del sayal, aumentaban el inquietante atractivo de aquel rostro.
Se miraron a los ojos y antes que ella pudiera decir nada le puso las dos manos en la cara y le mordió con rabia los agrietados labios. Se apretó contra su cuerpo, y la fue empujando sin gran esfuerzo al interior de la casa y cerró la puerta de una coz. Notó su blando vientre y bajó sus manos hasta las nalgas para poder exprimirla contra él. La mirada de la mujer era sardó-nica, alegre y cansada. Le entreabrió la bata y aún por encima de la falda consiguió sujetarle con fuerza los genitales. Notó como sus muslos se juntaban y aprisio-naban su mano, como su cuerpo se encogía y apartán-dose y acercándose se frotaba contra él. Acarició sus mejillas que ardían ya no sólo por la fiebre; ese calor le provocó una excitación tremenda. Sintió que aquella hembra ya madura, el calor de su piel, la bondad de sus brazos y de su aliento en aquel entorno frío en aquella mísera habitación, eran algo maravilloso. Encima de la cama del matrimonio, sin apartar las mantas, sin des-nudarla para que el frío no le hiciera daño, le abrió las piernas tanto como pudo, coloco sus corvas sobre sus hombros y contempló largo rato la encendida raja. Ella se limitaba a protestar queda y agradablemente. Des-pués de explorarla detenidamente con la palma de la mano, entró en aquella cueva de amor y de compren-sión y la habitó unas espléndidas horas.
- No subas nunca más, no vengas por mí, no lo hagas, -le decía agarrada a sus manos temblando como una niñita- por favor, mi Juan es un hombre bueno y no quiero hacerle daño, cuando seas mayor verás lo que le estamos haciendo -le suplicaba llorosa al tiempo que lo miraba con arrobo-. Vete, vete -y lo cobijaba en su cuerpo, lo apartaba para poder mirarlo bien y le de-cía asombrada: “¡que guapo eres!”-  y no podía dejar de contemplarlo y de acariciar su pelo, antes de salir co-rriendo hacia el más lejano rincón de la casa, hacia su deber y su destino, trazado desde antes de su concep-ción. El muchacho la siguió, beso su nuca y calmó con susurros cariñosos sus lloros y sus temblores.
- Vete, vete, no te abriré nunca más la puerta. Déjame.
Al cruzarse en la escalera o en la calle se son-reían y se deseaban sin hablar, y lo mejor eran esas mi-radas, y fue ella la que no pudo soportar esa distancia, y lo llamaba una y otra vez, y lo acariciaba intermina-blemente después de terminar su entrega de amor, y le pedía luego que no se apoderara de ella nunca más, y lo volvía a llamar en cuanto la situación le permitía aco-gerlo, y lloraba por quererlo y lloraba por ella, su ma-rido y sus hijos. Duró algo más de dos años. Se fue aca-bando tan despacio, tan lentamente como instantáneo había sido el comienzo.
El muchacho iba cada vez menos por casa de los abuelos, y no siempre atendía las llamadas de la mujer; ella, cada vez más fatigada por la miseria y el trabajo soportaba, sin la ansiedad que la comía en el primer año, ese alejamiento tierno y amistoso.
Más adelante, cuando a sus diecisiete años el muchacho se quedó a vivir con sus abuelos a fin de rea-lizar sus estudios universitarios, algún furtivo abrazo en el rellano de la escalera, un pellizco en los pezones, una palmada posesiva en las nalgas, y, sobre todo, una calidez amistosa en sus miradas fue todo lo que los unió. 

II

La vivienda de sus abuelos, una de las diez del edificio de fachada no muy bien aplomada, apariencia terrosa, escasos restos de la primitiva pintura y grandes desconchones, era como todas las de la barriada, casas decrépitas, de cuatro o cinco alturas, con dos, tres y hasta cuatro viviendas por planta. El barrio de calles estrechas y albañales malolientes, estaba bien delimita-do: una larga calle, con fincas notablemente mejores en el lado exterior, por el este; el río por el sur y la carre-tera (por la que prácticamente no circulaban más que el tranvía y los autobuses de los pueblos, que con sus gasógenos y la gente apretujada en su interior, aparen-taban más unos extraños aparatos bélicos, atestados de guerrilleros de Pancho Villa, que medios de transporte) que acababa de cerrarlo en el amplio arco que describía de oeste a norte.
Su calle era de las más cortas y angostas de la zo-na. Una pequeña tienda en la que se vendía desde ver-dura hasta clavos, pasando por coloniales y sardinas de bota, ocupaba el bajo del número uno, en la esquina con una pequeña plaza que se desparramaba hacia el río; un zapatero remendón trabajaba paciente e incan-sable en un pequeño cubículo de mitad de la calle, si-tuado cuatro peldaños más bajo que el nivel de la cal-zada; en el lado opuesto, en el patio trasero de la planta baja del número doce, un escultor de terracotas y figu-ritas de navidad, se afanaba sin descanso para poder mantenerse sin tener que entregar su tiempo libre a patrono alguno; cerraba la calle una casa de planta baja y piso con cierta prestancia, que permanecía siempre cerrada, y en la que tenía su taller un orfebre y relojero, individuo grueso y mal encarado. Se murmuraba a sus espaldas que traficaba con objetos robados, y todo el mundo lo trataba con el mayor respeto y consideración. Algunos entendidos decían en voz baja, presumiendo de su sapiencia: “¡es un perista!”. Y añadían con admi-ración: “pero tiene buenos contactos con la Jefatura de Policía y nadie se atreve a molestarle”.
Vecinos gritones y dispuestos tanto al jolgorio en común como a la pelea por el más nimio motivo. Pero ésta rara vez llegaba a las manos y aún en ese caso se reducía a unos empujones y a un acercar las caras des-compuestas por la ira. Las ratas que, por no se sabe que inoportuna desorientación, salían a recorrer la calle du-rante el día, eran casi todas muertas a escobazos o a pa-tadas por la gente, las mujeres entre risas histéricas y alegre competencia, los hombres ensañándose con las que conseguían derribar, pisoteándolas con furia, con-tentos de destriparlas y arrojarlas a la cara del más ti-mido o menos atento a la batalla.
Pero el reino de las ratas era la noche, trepaban por las fachadas y, silenciosamente, acompañaban el sueño de los hombres y compartían con las cucarachas los escasos despojos que aquellos habían dejado, sus cagadas aparecían en cualquier parte de la casa, incluso debajo de las cunas de los bebés. En las noches de luna el sereno las veía descender por las molduras de las fa-chadas o descansar en los antepechos de los balcones de los primeros y segundos pisos.
Le resultaba agradable, estirado en la cama y ya somnoliento, sentir el acompasado pasar del sereno y el vigilante por las calles solitarias, el monótono gol-pear de la pica contra el suelo del uno, y la voz del otro dando la hora y el estado del tiempo, le permitía reco-nocer en su duermevela que estaba en la capital. Ellos y el chirrido del tranvía al tomar la pronunciada curva de la carretera, le recordaban que no estaba en el pueblo, que la ciudad, nueva e inexplorada, le había vuelto a acoger. Que sus misterios y sus habitantes absoluta-mente desconocidos, le estaban esperando para que los incorporara a su vivir y a su disfrute. Le era muy agra-dable la sensación de novedad, tanto como la seguridad de que sólo iba a durar unos escasos días, y que esos días volverían una y otra vez.

III

La pandilla de la que formaba parte era bastante menos numerosa que la de su pueblo, y los muchachos eran, en general, bastante dóciles y no muy amigos de las peleas violentas. Pero, a pesar de todo, sus relacio-nes con los compañeros de la calle, su pandilla, eran prácticamente las mismas que las que tenía en el pue-blo: juegos, empujones, competencia, necesidad de es-tar juntos, también necesidad de acogotar y golpear, de hacer daño para imponerse, para evitar que otro se im-pusiera, eso había sido igual en el pueblo y en el barrio. Tan sólo con Carlitos Muñoz, un muchacho regordete y gritón, tuvo algún problema. Era hijo del dueño de la taberna El Maño, a donde todos los niños eran envía-dos por sus madres a comprar el vino a granel que le traían de su tierra turolense, y, en verano, la deliciosa agua de selz. El padre era gordo y campechano con los hombres que entraban a tomar un vaso de vino, se comportaba invariablemente grosero con su clientela de críos y mujeres, y el hijo parecía convencido de su derecho a repetir el papel paterno entre los amigos de la cuadrilla. Mientras los gritos y ademanes imperiosos se dirigieron a los otros niños, Guillermo se mantuvo al margen pero tomando buena cuenta de la situación. Un mal día, el gordo tomó su silencio por aceptación de su predominio en el grupo y le espetó con decidida arro-gancia que le diera la manzana que estaba comiendo. Se limitó a mirarlo, y antes de que pudiera apartarse le aplastó la manzana contra la boca, reventándole los la-bios y haciéndolo caer al suelo.
- Carlitos, mientras yo esté con vosotros, tú uno más, aquí o no manda nadie o lo hago yo -le tendió la mano, le ayudó a levantarse, de un empujón lo mezcló con los demás, y, sin dar tiempo a burlas, voceó: “va-mos a las cuadras, a correr venga, maricón el último”, y entre chillidos y saltos la pandilla galopó tras él.
Había dos diferencias entre el barrio y el pueblo que le resultaban desagradables o cuando menos incó-modas: la práctica ausencia de niñas en la calle y el que el campo cercano estaba todo él cultivado, eran peque-ñas huertas en las que siempre había alguien traba-jando, eran inútiles para cualquier actividad de la pandilla.
No obstante el barrio tenía un encanto derivado del misterio que tienen siempre los territorios no bien conocidos, pero también de sus límites, inexistentes físicamente pero insalvables: ¿por qué aquellas callejas eran tuyas pero las que las prolongaban sin solución de continuidad no lo eran? ¿Por qué aquella amplia calle tranquila no se cruzaba nunca haciendo inalcanzable lo que había más allá y, por el contrario, las inmensas na-ves ruinosas, malolientes, oscuras… formaban parte de tu casa? En el pueblo todo era más obvio, más rotundo y claro.
Aunque para él no tenía trascendencia alguna, si acaso le permitía una dejadez placentera, un descansar de la pelea cotidiana, los amigos de la ciudad eran extre-madamente timoratos, cohibidos, muy controlados por sus padres y físicamente poca cosa. Nunca estaban dis-puestos a ir, como decían ellos, a la ciudad. Solo en un par de ocasiones y después de mucho insistir, con-siguió arrastrarlos a aquella capital a la que se resistían a ir, como si fuera un mundo lejano con el que no podían ni contar, aunque no había más que cruzar uno de los dos puentes, casi equidistantes de su calle, y en menos de diez minutos estaban en una de las más céntricas y comerciales vías, llena de escaparates de ropa y zapatería y de gente con chaqueta y corbata.
Acosaron a unas niñas que paseaban comiendo unos helados, hicieron correr asustados a dos niños, parecían hermanos, vestidos con unos absurdos pan-talones de golf, arramblaron con unas botellas de vi-no -luego resultó que estaban vacías- expuestas en la puerta de una bonita tienda de comestibles, y volvieron a sus cuarteles emocionados y contentos. Pero al día siguiente, cuando les propuso una nueva incursión al mundo de los ricos, volvieron a mostrarse renuentes y asustados, así que pronto renunció a ellos y fue acer-cándose al mundo de los mayores.
  
IV

Especialmente hizo amistad con un trabajador de una imprenta, al que no tuvo más que prestar aten-ción intensa y entregada para que lo acogiera con todas sus ganas. Ya no tenía que acercarse a él, Gelasio Checa era el que lo buscaba en cuanto regresaba del trabajo, bajaba de su casa un par de sillas, una botella de agua de seltz y dos vasos, lo hacía sentar en el portal, llenaba los vasos, bebían unos sorbos y pasaba a contarle ina-cabables historias de su trabajo, de su vida, de por qué permanecía soltero y de las razones por las que él debe-ría hacer lo mismo.
- Nunca se te ocurra casarte, la familia no trae más que problemas y preocupaciones, no puedes dor-mir por la noche cuando los hijos son pequeños, el ofi-cio del día se te hace insufrible, se convierte en un mar-tirio, cuando debería ser un placer, necesitas trabajar en lo que sea, más y más por cuatro chavos con que salir de apuros, pero nunca sales. Y te quedas sin tu oficio, sin tu vida y todo va de mal en peor.
Hay mucho imbécil que se casa buscando el amor de sus hijos, creyendo que eso le dará calor y co-bijo en sus años de vejez. Pero nunca es así, en el mejor de los casos el amor fluye como el agua, siempre hacia abajo: los abuelos, los padres, si las cosas no se tuercen demasiado, quieren y amparan a sus nietos, a sus hijos. Pero al revés jamás. De abajo arriba no hay nada, si acaso miedo y respeto mientras eres fuerte. Pero en cuanto la edad te quita poder, te apartan al rincón y te arrojan algún mendrugo como a un perro. Y te hacen callar como a ellos, la verborrea de los viejos no la so-portan ni los hijos más tranquilos.
Peor son los que se casan encelados por una hembra que los provoca y deja que la toquen y no que la monten. Ya lo saben ellas bien, calentarte todo cuan-to quieras, pero dejarte entrar sólo cuando te cases. Y se ciegan con las ganas, y aunque crean que es otra cosa, no es más que la urgencia de cabalgar a la novia, cada día más y más apremiante. Si sólo se casaran los que realmente necesitan compartir una vida con una mujer, pocos matrimonios habría entre los pobres. Los ricos si, para esos el matrimonio consolida intereses y posiciones, contactos y poder. Pero los pobres, si se fueran de putas verían más claro y les saldría mucho más barato. Y de ellas te digo lo mismo, si no estuvie-ran cegadas por los curas y sus madres, se darían cuen-ta que vivirían mejor solas, trabajando en una fábrica por mal que les pagaran, en cualquier cosa, siempre sería menos duro que la carga de un montón de hijos y un marido, partos, miseria, enfermedades… todo eso es lo que le da la familia a las mujeres. Sólo los ricos tie-nen razones para casarse. Pues que lo hagan ellos. Pero no, han logrado convencernos a los pobres lo maravi-llosa que es la familia. Y les damos hijos para sus fá-bricas y para que su mundo siga funcionando. A mí desde luego no me pillan.
Era un filósofo el Gelasio, y no se veía un sólo libro en su casa. Parecía haberlo maquinado él todo cuanto decía, quizá en largas noches de insomnio. Sólo algunas novelas pornográficas, de putas las llamaba to-do el mundo, sacaba alguna vez del fondo de un baúl con ropa vieja y se las dejaba leer. Debían ser la otra compañía de sus noches solitarias.
Se le veía resentido al Gelasio, no muy alto, pero tampoco bajo para la estatura habitual entre la gente obrera, rubianco, corpulento sin exceso, con los pómu-los altos, una mandíbula fuerte, que en cualquier otro parecería amenazadora y decidida, pero que quedaba ampliamente contrarrestada por la mansedumbre con que miraba a todo y a todos, y un tono de voz casi inau-dible, que contrastaba violentamente con la forma gri-tona con que se expresaban los hombres y mujeres del vecindario, le daba un cierto aire extraño, diferente, sin que ello implicara que no fuera claramente un habitan-te del barrio. Estaba en su sitio a pesar de su peculiar manera de ser y de parecer.
En conjunto era agradable, bien parecido físi-camente, y su carácter amable, aunque un poco re-traído, no le impedía formar parte de los corros de la calle, pero nunca hablaba si no era preguntado direc-tamente, y aun entonces no usaba dos palabras si podía salir del paso con una. Se ganaba bien la vida, dentro de la miseria aceptada, y no parecía que le habría sido difícil encontrar a una mujer. Nunca le dio a entender que alguna traición, alguna afrenta de amores, le hu-biera apartado del matrimonio. Pero tampoco fue muy explicito con su pasado sentimental. Simplemente esta-ba convencido de que la mejor vida que podía llevar era la que tenía. Solo, tranquilo, suficiente, sin agobios ni preocupaciones, y una o dos veces al mes al barrio chi-no a follar durante un par de horas con la Puri, siempre con la Puri. Tenían una especie de acuerdo, le cobraba la mitad de lo que a los otros, pero solo entraba en los momentos en que la Puri estaba sin cliente a la vista. Entretanto esperaba en la acera con el chulo de la Puri. Se llevaban bien, se ofrecían petaca y fuego el uno al otro y permanecían juntos, tranquilos y sin apenas hablar.
Aunque le hacían gracia las historias de Gelasio, nunca lo tomo muy en serio. Pero le gustaba que le lle-vara a recorrer el barrio y a conocer rincones y zonas que nunca habría imaginado que fueran como las vio. Sobre todo le dejó asombrado el que a menos de doscientos metros de su casa, detrás de una de las fincas relativa-mente altas que flanqueaban el barrio por el oeste, y que parecían prometer la continuidad casi interminable de la ciudad, hubiera solo campos, alquerías con sus casas de huertanos, acequias y tierras bien cultivadas. Una de las más extensas era la de Zenón, un hombre ya viejo, tan solitario como Gelasio, y con el que parecía tener una amistad mayor que la que mostraba con ningún otro vecino del barrio. Aprendió con Zenón los secretos de la siembra, la rotación de los cultivos, a tener en cuenta la luna y sus fases, a manejar las distintas clases de azadas, palas y demás herramientas y aperos de una finca agrícola, que a pesar de estar pegada a la gran ciudad era relativamente grande. Nunca ya dejó de ir a ver a Zenón y a contemplar los progresos de los cultivos en las distintas fases de su maduración. Sobre todo a partir de que, bajo las instrucciones del huertano, tuvo la satisfacción de cooperar intensamente en las distintas labores, sobre todo las de preparación y limpieza del terreno. Cuanto más esfuerzo físico necesitaba la tarea, más satisfacción sacaba de ella. Labrar la tierra con la azada y arrancar las malas hierbas era su labor favorita. A partir de los doce años, su fuerza era tan descomunal que conseguía terminar la preparación de una parcela no muy grande antes que Zanón con su mula. Zanón lo miraba asombrado, se retiraba la gorra hacia la nuca y se rascaba incrédulo la cabeza: “eres el demonio, porque Dios no creo que seas”.
Gelasio, además de visitar a la Puri y de satisfa-cerse con las novelas de putas, tenía una afición secre-ta, en la que lo inició cuando el muchacho aún no había cumplido los catorce años.
Los apagones de luz se repetían casi a diario a horas bastante predecibles. Mas o menos una hora antes, de la que calculaba que iba a producirse el apagón, Gelasio se iba al centro y se ponía a localizar alguna muchacha joven, casi niña, con apariencia de tener el hambre sexual a flor de piel, pero bien reprimida por la educación recibida, eso práctica-mente se lo garantizaba la apariencia de burguesita bien de la niña. En el momento en que las calles de la ciudad se quedaban a obscuras acorralaba a su presa contra la pared más próxima y antes de que pudiera gritar, le metía la mano en sus genitales, sabía donde tocar para que el sexo de la niñita explotase, por ello esa diversión sólo podía realizarse en días calurosos, para poder alcanzar el clítoris sin excesivo trabajo. Las protestas de la niña eran débiles, sollozos incon-trolables que Gelasio aprovechaba para magrearla a su placer, nunca iba más allá de un sobeo, unos be-sos, y si la resistencia de la niña se derrumbaba por completo y la notaba calladamente entregada, le le-vantaba las faldas y se corría sobre sus muslos, sin jamás penetrar a ninguna.
Guillermo convenció a Gelasio que sería mucho más gratificante el seguir y tomar por completo, no a niñas, sino a mujeres maduras y con apariencia de aburridas mamás riquitas. Aunque Gelasio temía la peligrosidad de la nueva cacería se dejo convencer por la fuerza de su joven discípulo y pasó a ser acompa-ñante en lugar de maestro. Recorrían en las horas próximas al previsible apagón las calles que, aunque céntrica, ofrecían rincones y callejones propicios al propósito que los llevaba. Gelasio, en cuanto veía a una de sus habituales piezas tiraba de la manga de Guiller-mo y pretendía apartarlo de la caza mayor a la que este se dedicaba.
- Gelasio no me seas meón, mira aquella señora, guapa, bien trajeada, arrogante, ¿no te apetece co-mértela?
Gelasio lo miraba implorante,
- Guillermo por favor, que parece poderosa, que es mucho para mí, que me conformo con lo que tengo -farfullaba cada vez más débilmente y se quedaba atrás-. Guillermo lo levantaba en el aire y lo tiraba en-cima de la señora.
- ¡Imbécil! ¿Qué hace usted?
- Perdónelo señora, está muy débil, se le acabó el racionamiento y lleva dos días sin comer, se ha caído, no ha habido mala intención -aunque el tono medio burlón de las palabras de Guillermo no llegó a la emperifollada dama, la mirada despreciativa de esta fue mayor que si el tropezón hubiera buscado un furtivo acceso a sus encantos.
- Venga Gelasio vamos por otra, pero del estilo de esa, ¿entendido? Y no te me escondas más.
Siguieron en la noche de las calles de la ciudad, caminantes humildes, cazadores decididos, tanto como los que en los montes acechaban con cepos y lazos, ya que se habían quedado sin escopetas, la liebre que los alimentara por un par de días. Algunas veces se equi-vocaron y tuvieron que salir corriendo ante los gritos histéricos de alguna. Pero fueron las menos, la mayoría de las mujeres, después de protestar levemente, agra-decían en la oscuridad del anonimato las profundas ca-ricias de los dos hombres que las empujaban contra la pared más próxima. Cuando los sollozos se habían con-vertido en gemidos, Guillermo, con su enorme fuerza, las alzaba sujetándolas por la base de los muslos y las penetraba mientras Gelasio daba saltitos intentando cogerles los pezones, o se quedaba quieto, admirado, intentando adivinar en la obscuridad las hazañas de su héroe, luego les metía el dedo en el ano y esperaba su turno. Si el apagón era lo bastante largo Guillermo, una vez había terminado, encaraba a la mujer hasta la altura adecuada para Gelasio y la sostenía tranquila-mente mientras este se corría en cuanto su bálano al-canzaba la entrada de la vagina húmeda y chorreante de la mareada y estupefacta víctima. La dejaban en el suelo y salían corriendo, antes de que despertara de su abandono y de su terror.
Fueron tiempos felices aquellos. Como decían los curas y los gobernantes: “no hay mal que por bien no venga”, y si no, que se lo pregunten a sus mujeres.
  
V

El autobús traqueteaba y bufaba tan impotente como de costumbre para arrastrar su peso y el de los pasajeros que lo llenaban por completo, ocupando asientos, pasillos y plataformas. El chofer, gordo y tran-quilo, apartaba con la mano derecha al pasajero que, empujado por los que lo cercaban y por las continuas retenciones y arrancadas con las que se desplazaba el destartalado vehículo, le metía una y otra vez el codo en la mejilla, y repetía quedo y tímido “perdón”, dobla-do, casi a punto de caer, no sabiendo a donde agarrarse y pensando si podría aguantar así la hora larga que iba a tardar en recorrer los veinticuatro kilómetros a que estaba la Capital. La carretera, sin pendiente alguna, permitía esa notable velocidad para el viejo cacharro y su motor de gasógeno. Sentado en el extremo derecho de la banqueta corrida que ocupaba el fondo del coche, Guillermo dormitaba sin preocuparse para nada del re-voltijo de cuerpos de hombres y mujeres que se empu-jaban, se miraban airados y se increpaban. Los maridos procuraban preservar, con sus cuerpos, a sus mujeres de los roces, inevitables o intencionados, de los demás hombres. Cuando el sol levantó por encima de la línea del mar se desperezó feliz. No tenía sitio para estirarse, así que se limito a contraer y soltar todos los músculos y articulaciones de su cuerpo. A las ocho y veinte, des-pués de casi dos horas de viaje, contando las tres paradas para rellenar de cascarilla los depósitos que alimentaban el gasógeno, llegaron a la ciudad. Dejo que bajaran todos los viajeros antes de hacerlo él. Se sentó junto al chofer, le ofreció la petaca y fumaron tran-quilos, sin hablar.
- Hasta el mes que viene Juanón.
- Que lo pases bien muchacho y ojo con las tías.
Con el saco marinero -en el que llevaba dos ca-misas, tres calzoncillos, tres pares de calcetines, una ca-miseta y unos zapatos para los domingos- colgado del hombro, caminó lento y erguido, mirando por encima del hombro a todo el mundo desde la altura de sus re-cién cumplidos dieciséis años. Acababa de terminar el bachillerato, con brillantez y sin esfuerzo. Pasaría un mes con sus abuelos, como hacía cada año, pero lo que más le atraía era la idea de volver a ver a Gelasio y a Zanón, que lo vieran, sobre todo Zanón, hecha ya un hombre. El verano pasado Zanón empezaba a acusar sus muchos años, y, sobre todo, algunas dificultades respiratorias, no obstante encendía un cigarro con la colilla del anterior, y tosía hasta parecer que iba a rom-perse. Pero daba calada tras calada, tragaba el humo desafiando a su garganta y a sus pulmones. Era el ocho de junio, pero el calor era tan intenso como si fuera el quince de agosto. Decidió que iría a ver a Zanón antes que a sus abuelos, además los pobres viejos probable-mente aún estarían en la cama.
Zanón era terco, de mal genio y poco amigo de pedir ayuda a nadie, dispuesto siempre a valerse él so-lo, a poder con todo aunque tuviera que dedicar quince horas a lo que antes hacían en tres. Era mejor no pre-guntarle y ayudarle haciendo oídos sordos a sus renie-gos y blasfemias.
Se sorprendió al ver la amplia alquería, de más de dos hectáreas, prácticamente abandonada. Una mí-nima parcela, de unos cien metros cuadrados, estaba bien cultivada. En ella había tomates, judías, pimien-tos, coles y cebollas. En otra, de no más de trescientos metros, las patatas aparecían prácticamente comidas por sus sapos, no podría aprovecharse ni la cuarta par-te de la cosecha. Evidentemente estaban destinadas al mero sustento de Zanón.
Encontró a este completamente agotado, los problemas pulmonares se habían agravado enorme-mente. Por un momento pareció incapaz de identifi-carlo por completo, pero le sonrió, y con gran trabajo se incorporó de la mecedora en la que descansaba y sus manos acariciaron y sujetaron las del muchacho, como si la piel reconociera y recordara lo que la mente era ya incapaz de analizar. La senilidad empezaba a asomar en algunos gestos incontrolados, en las lágrimas que, sin llegar a caer, velaron levemente su mirada mien-tras empezaba a contarle la decadencia de su capaci-dad, la amargura de su vida solitaria. Pero rápida-mente las quejas y la vejez desaparecieron, y se apo-deró de sus ojillos la rabia y la mala leche que lo man-tenían en pie.
- Hace unos días tuve que alejar a unos gitanos que con el cuento de venderme unas mantas querían inspeccionar todo esto. Los tiré a gritos, pero segura-mente al verme viejo y la alquería abandonada, por la noche se habían instalado en el rincón de los algarro-bos. Les solté dos escopetazos. No sé si le di a alguno, pero ya no han vuelto por aquí.
- ¿Y Gelasio, hace mucho que no lo ves?
- Desde que estuvo contigo el año pasado no sé nada de él, lo mismo se ha muerto. O lo han matado. Salud parecía tenerla buena, pero nunca tuvo suficiente mala hostia. Y vivir solo, ser distinto y no ser capaz de pegarle un tiro al que haga falta, es una invitación a que te lo den a ti.
- Venga Zanón, hecha un cigarro, y procura no ahogarte. Si te ves mal lo tiras.
-  ¿Que dices, cabroncete? Un cigarro no se tira, prefiero morir con un cigarro en la boca que en los muslos de una puta.
- Vale, vale. Voy a arreglarte todo esto, siéntate y acostúmbrate a mí, pues los próximos años voy a que-darme con los abuelos. Voy a estudiar leyes, y a cuidar de mi viejo Zanón; si me dejas, claro. El viejo estuvo a punto de volver a los lloriqueos, pero se limitó a dar un fuerte abrazo al joven. Se sentó en el borde de la cama y con un ademán le dijo que fuera, que hiciera lo que quisiera.
En menos de tres horas amontonó en el ver-tedero las patatas totalmente inservibles. Recogió uno por uno, en un cubo, los sapos que infestaban las apro-vechables, los machaco, los arrojó con los que se arre-molinaban en el montón de las desechadas, lo roció to-do con el petróleo que tenia Zanón para su estufa y le prendió fuego. Sacó todas las restantes patatas, separó las enteras de las medio aprovechables, y las guardó en el cobertizo. Reparó y recolocó las guías del huerto, las de los tomates estaban prácticamente todas vencidas. Escardó y rehízo los surcos. Luego, un poco harto de un trabajo necesariamente meticuloso y lento, cogió el azadón más grande que encontró y labró el patatar a golpes profundos y rápidos, sin tomar ni un segundo de descanso. Terminó totalmente empapado de sudor pe-ro tranquilo y satisfecho, tanto de su trabajo como de su cuerpo. Se desnudó y se echó por encima un par de cubos de agua del pozo.
Se sentó junto a Zanón, que parecía tranquilo y respiraba bien. Permanecieron juntos y silenciosos un buen rato; luego Guillermo, dio un par de palmaditas en el dorso de las manos del anciano: “¡Ánimo Zanón! que nos enterrarás a todos, hasta mañana”.

                                                                  




No hay comentarios:

Publicar un comentario